Esta Es La Razón Por La Que Los Hijos No Pueden Ser Lo Más Importante En Un Matrimonio

Las parejas que llevan vidas completamente centradas en sus niños pueden perder el contacto entre ellos, hasta el punto en que no tienen nada que decirse el uno al otro cuando los niños se van de la casa.

En el siglo 21, la mayoría se casa por amor

Elegimos parejas que contemplamos sean nuestras almas gemelas para toda la vida y al llegar los hijos, creemos que podemos pausar la historia de nuestra pareja, porque la paternidad se ha convertido en nuestra nueva primera prioridad.

Criamos a nuestros hijos lo mejor posible y sabemos que hemos tenido éxito si ellos nos abandonan, salen al mundo y encuentran su propia alma gemela con la que tener sus propios hijos.

Una vez que nuestros niños nos han abandonado, tratamos de recoger los pedazos de nuestro matrimonio que fueron descuidados durante tanto tiempo y tratamos de encontrar un nuevo propósito. Sin embargo, ese nuevo propósito no siempre llega.

Estas reflexiones surgen a partir de un ensayo de Ayelet Waldman publicado en el New York Times, en el que sostenía que ella amaba a su marido mas que a sus hijos y que a la larga esto había tenido un impacto positivo en su familia porque los niños crecían en un ambiente sólido gracias a la seguridad que se establecía sobre la relación de sus padres.

No es una sorpresa que el ensayo no haya sido bien recibido. Ayelet obtuvo desde abucheos hasta amenazas físicas por parte de extraños e incluso muchas personas le dijeron que la denunciarían a Servicios de Protección Infantil.

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Es aquí cuando se plantea esta situación como una religión. “No es así como una sociedad civilizada lleva a cabo una discusión con la mente abierta: así es como una religión persigue a un hereje.” Argumenta la investigadora Danielle Teller.

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Ella misma también refleja que se ha vuelto totalmente inaceptable en nuestra sociedad decir algo malo sobre nuestros hijos, y mucho menos admitir que no nos agradan todo el tiempo. Se nos permite decir cosas malas acerca de nuestros padres, nuestros cónyuges, nuestros tíos y tías, pero decir, “mi hijo no tiene muchos amigos, porque es muy desagradable,” seguro resultaría en problemas con las demás figuras paternas.

Los niños tienen las mismas características positivas y negativas que los adultos, y las personalidades de algunos niños no tienen porqué estar acorde a las de sus padres. La naturaleza ha protegido a los niños contra tal circunstancia al dotarlos con una irresistible ternura desde el nacimiento asegurándose así de que el vínculo entre los padres y sus hijos sea lo suficientemente fuerte como para evitar que nuestros antepasados cavernícolas empujaran a sus hijos a un banco de nieve cuando se portaban mal.

Por mucho que los padres amen a sus hijos y tengan sus mejores intereses en el corazón, no siempre les pueden gustar como son. Ese tipo en la oficina, el cual todos creen que es un idiota, fue un niño en otro tiempo, y hay una gran posibilidad de que sus padres también se dieran cuenta de que podía ser un idiota. Simplemente ellos no tenían permitido decirlo.

Hay beneficios indudables que vienen de elevar la paternidad a la condición de una religión, pero hay riesgos evidentes también. Los padres que no se sienten libres de expresar sus sentimientos con honestidad tienen menos probabilidades de resolver las problemáticas hogareñas. Los niños que son criados para creer que son el centro del universo sufren momentos difíciles cuando al acercarse a la edad adulta su condición especial se erosiona. 

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Tal vez es hora de que reveamos la religión de la paternidad y que lo pensemos seriamente antes de unirnos a ella.

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